“No hay mal que dure 100 años”

Publicado: abril 21, 2010 en Uncategorized
Ex guerrillera de las Farc

María es una de las miles de colombianas que eligió el camino equivocado de las armas. Hoy, contra cualquier prónostico, tiene una vida feliz.

“Íbamos para el moridero. Y yo, yo estaba muy arrepentida de haber ingresado a la guerrilla. Lo hice para estar al lado de mi hermana, y en ese momento, ni siquiera podía confiar en ella. Estábamos huyéndole a la muerte, cada una con su compañero. Ellos escaparon en moto, mi novio y yo, en bicicleta y a caballo… Yo iba a todo galope, pero sentía que iba muy despacio. Jamás había sentido un miedo tan grande en la vida. Me iban a dar un tiro por la espalda. Moriría”.

 La joven estilista estuvo largo rato en silencio. Cogió sus tijeras y comenzó a estructurar un corte de cabello, enmarcado en la tendencia actual, con capas largas y flequillo a un lado. Sus movimientos rápidos y precisos, el talento para aplicar las técnicas contemporáneas, para crear un look versátil en el diseño y en el estilo, y su gran inspiración eran evidentes. Finalmente dijo: “yo soy muy juiciosa, doctora”.

Era una noche cálida en el piedemonte llanero y los vecinos empezaban a regresar a casa. La estilista interrumpía su labor, de cuando en cuando, para atender a las mujeres que se acercaban a las vitrinas llenas de tintes y tratamientos de belleza, y a las que entraban para acordar citas. Llegaron también las hijas de sus comadres y con sus hijas contagiaron de alegría todo el lugar.

Pero detrás de ese fascinante mundo de belleza, donde se revelan los secretos mejor guardados del universo femenino, se escondía la tragedia de María, su propietaria. Ella hace parte de ese 41 por ciento de colombianas que a finales del siglo pasado experimentaron la violencia física por parte de su pareja y es una de las mujeres que se desmovilizaron de las Farc en los últimos tiempos.

“Para nosotros no hubo estudio, no hubo nada. Mis padres eran muy, muy pobres -comenzó diciendo– A los 12 años empecé a trabajar en una finca en el Guaviare, recogiendo café. Allí conocí un niño de 14 años, me fui a vivir con él y quedé embarazada. Tenía 13 años. Nos vinimos a Bogotá, a buscar un mejor futuro. Trabajé en una casa de familia y luego cuidé a una viejita de 90 años. El tomaba mucho y cuando estaba borracho me pegaba. Dos años después me separé”.

María suspiró profundo, y mientras picoteaba el cabello con sus tijeras para quitarle el exceso de volumen, siguió contando sus desventuras. “Al año siguiente conocí otro joven. Me encapriché con él. Yo por esa época era mesera en un restaurante en el barrio El Chicó, en el norte de Bogotá, y estudiaba belleza en una academia en la calle novena con 13. Como no tenía dinero para el transporte caminaba más de 100 cuadras, durante horas. Fui la mejor estudiante y por eso logré graduarme en la tercera parte del tiempo.

“El 18 de diciembre de 1992 organizamos una brigada de peluquería en un ancianato. Me moría de ganas de ir, pero no pude hacerlo. Él era muy celoso. Era loco. Esta cicatriz –dijo mientras me mostraba su mano derecha– me la hizo ese día. Lo peor vino después, el 24 de diciembre me apuñaleó de nuevo y me dejó incapacitada por 15 días. Me separé un tiempo pero por pura necesidad volví con él. Estaba embarazada.

Doctora, cuando mi mamá supo el infierno que estaba viviendo me ayudó a colocar una peluquería. Empecé a ganar platica, porque eso si pa’ que pero siempre he trabajado bien y las clientas no me faltan. Cuando conseguí dinero yo ya no quería seguir con él. Empecé a independizarme”. Con sus ojos negros inundados de tristeza, María siguió diciendo: “Me hice cargo de mi hermana menor y de mis sobrinos, pero un día él llegó a la casa sin avisar, encontró a mi hermana y la violó”.

La joven estilista estalló en llanto y se escabulló por una puerta de vidrio y metal cromado que conduce a su hogar. Estábamos en el garaje de una casa de dos plantas construida en los años setentas. Las paredes las pintó de blanco y al piso le puso baldosín terracota. Acondicionó cuatro estaciones para el corte de cabello, con grandes espejos y mesitas blancas llenas de lacas, geles, brochas y siliconas; dos mesas para el arreglo de uñas, un lava pelos en porcelana y un pequeño cuarto con una camilla para la depilación con cera caliente, que pronto convertirá en un moderno spa. Con austeridad, María logró aplicar su estilo en cada pequeño detalle, haciendo de cada rincón algo especial y muy acogedor.

Regresó con café. Necesitaba calentar su alma con el suave aroma de esos granos rojos que alguna vez cultivo en el lejano Guaviare, a donde regresó tiempo después. “Yo me empecé a sentir más y más comprometida con ella –afirmó María–. Por culpa mía, por haber vivido con ese tipo, a mi hermana le había pasado todo eso.

“Vivimos en Bogotá hasta que yo cumplí los 19 años. Un día decidimos ir con mi hermana a visitar a nuestros padres. Dejé a mis niñas con la abuela, pues pensé que volvería pronto. Cuando llegamos a San José encontramos a mi madre en la orilla del río. Vivía en una casa improvisada con un par horquetas y un plástico azul. Nuestro padre estaba anémico y con paludismo. Parecía un cadáver. Daba tanta tristeza verlos así.

“Las necesidades de la familia eran tan grandes que tuvimos que irnos a un caserío cercano donde yo conseguí trabajo como administradora de un billar. De pronto, un día cualquiera, miré a mi hermana uniformada. No lo podía creer. Después los guerrilleros me buscaron, me dijeron que los ‘paracos’ estaban cerca y que ya sabían que mi hermana era ‘fariana’, así que, si quería seguir con vida tenía que irme con ellos. Yo sabía que podía volver a Bogotá, recuperar mis hijos, también sabía que me le había tirado la vida a mi hermanita y no podía dejarla sola. Entré a las Farc con la condición que nos dejaran juntas”.

“Estuvimos casi dos años en una comisión pequeñita, que operaba cerca al caserío. A mí me tocaba hablar con la población civil y cuando me gané la confianza de los guerrilleros me pusieron a cobrar las ‘vacunas’ (impuesto que cobra la guerrilla de manera ilegal). Mi hermana se ennovió con el comandante. Él estaba tan enamorado que la llenaba de regalos y perdió interés en la revolución. Ella, como sentía que tenía poder, cambió muchísimo conmigo. El Estado Mayor del Bloque Central se dio cuenta de la situación y decidió hacernos consejo de guerra. Mandaron 40 guerrilleros a buscarnos”.

– ¿Estaban seguros que los iban a matar?, pregunté incrédula.

“Sí, el comandante había interceptado una comunicación en la que ordenaban matarnos – contestó Johana–. Caminamos con ellos durante tres días. Íbamos para el moridero pero nosotros todo el tiempo les dimos confianza. Yo les dije que tenía que cobrar una plata que le debían a las Farc, y así mi novio y yo pudimos salir. Mi hermana y el comandante dijeron que tenían una reunión con la población civil, y también se fueron. Nos encontramos luego y nos abrazamos fuerte. Estar juntos significaba que ninguno había traicionado al resto… Ellos escaparon en moto, mi novio y yo, en bicicleta y a caballo… Yo iba a todo galope, pero sentía que iba muy despacio.”.

Por un momento escuchándola sentí rabia. ¿Por qué la vida se había ensañado contra ella? ¿Por qué pasó toda su juventud saltando matones cuesta abajo? ¿Por qué eligió el equivocado camino de las armas? Pero sobre todo sentí admiración, María no solo reconstruyó su vida y su familia, había conservado la alegría en su mirada y la dulzura en sus palabras, y había construido un negocio próspero que además le da empleo a dos estilistas y una manicurista.

“Mientras huíamos apareció un promotor de las Farc. Como yo iba uniformada lo obligué a que me diera la moto y partimos a toda prisa, sabíamos que cuando ese colaborador llegará a la cima de la montaña, los minutos estaban contados para nosotros. Cerca al Boquerón, tiramos el armamento, nos quitamos los uniformes y nos pusimos ropa que los pobladores estaban secando al sol. Luego conseguimos un taxi y llegamos a San José. Nos escondimos en una casa en el pueblo y a los tres días nos llegaron los ‘paracos’. Nos refugiamos en una iglesia y el padre nos llevó al batallón del Ejército. A mi me mandaron a un albergue en Bogotá y a mi hermana a Bienestar Familiar. En aquel tiempo todavía era menor de edad”.

“A mí me independizaron* muy rápido, por las niñas. A mi hermana me la entregaron medio año después. En aquel tiempo el programa de reinserción a cargo del Ministerio del Interior me capacitó como salva vías. La práctica me tocó hacerla en Boyacá. Al principio no quería ir. Creía que en ese departamento todos andaban con ruana y sombrero, que eran muy hoscos, ‘mala gente’… pero el consejo fue muy bueno –dice mientras ríe a carcajadas–. Allí conocí un auxiliar de la Policía que transformó mi vida”.

Terminó la atención por parte del Gobierno Nacional y regresaron juntos a Villavicencio, atraídos por los subsidios de vivienda que les estaban dando a las madres cabeza de familia. Ella, por aquella época, tenía a su cargo a sus dos hijas, a su hermana menor, a sus tres sobrinas. Otra hermana suya también se incorporó a la guerrillera y apareció muerta junto al primo de alias ‘Romaña’. Además María estaba embarazada de su novio.

“Cuando estaba tramitando el crédito de vivienda me accidenté en la moto. Me hicieron como 11 cirugías. Debíamos mucha plata y yo sin poder trabajar, estábamos aguantando mucha hambre. Entonces, muy a pesar mío, me tocó quedarme como una gallina sin sus pollos. Entregué a uno de mis sobrinos a Bienestar Familiar, otro lo mandé con una tía, a mi hija mayor la dejé con la abuela, y mi hermana se fue con mamá… A ella, estando allí, la guerrilla la encontró y la mató”.

Por una decisión del Gobierno, en septiembre de 2007 pudo acceder a los beneficios del proceso de reintegración. “Nos fuimos a Bogotá y empecé a estudiar cocina en el Sena. Luego participé en un proyecto de confección en el Minuto de Dios. Hice mi plan de negocios en el segmento de belleza y lo aprobaron hace 15 meses. Empecé a trabajar fuerte en un local pequeñito, y a medida que me fui haciendo más y más clientela, fui trayendo a los ‘pollos’. En este momento los tengo a todos, excepto a mi hija mayor que está terminando bachillerato en Bogotá y es profesora de karate”.

Hoy en día María agradece a la vida que tiene una forma digna para vivir, que tiene puestas muchas esperanzas en el futuro. Trabaja incansablemente por alcanzar el sueño de tener casa propia, para ello ahorra desde hace nueve meses 350 mil pesos mensuales en el Fondo Nacional del Ahorro. Además, tiene proyectado estudiar una carrera técnica y está apostándole a conseguir una inyección de capital para que su sala de belleza se convierta en un centro de estética. “Doctora, yo soy muy juiciosa porqué quiero darles la universidad a todos mis hijos, esta es la mejor herramienta que les puedo dar para salir de pobres”.

 


Anuncios
comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s