Un milagro en las tinieblas

Publicado: abril 24, 2010 en Uncategorized

Héctor encontró la paz y el amor en la oscuridad. Foto: Fredy Gomez

Leydi ni siquiera pudo ir al entierro de su propia madre. El frente 45 de las Farc quería cobrar con el exterminio de su familia la decisión de su progenitora de ser Concejal en Fortul (Arauca). Ese mismo día – recuerda– con un hijo en su vientre tuvo que huir, junto con una hermana menor de siete años. 

Hizo de todo para sobrevivir. Fue empleada doméstica, recolectora de plátano, mesera, raspachin… Y en su constante deambular por la inmensa sabana metense consiguió trabajo en una discoteca en Casibare, zona rural de Puerto Lleras (Meta).

El destino se empeñaba en arrastrarla a la violencia. En aquella época la disputa entre el Bloque Centauros, bajo el mando de Miguel Arroyabe, y las Autodefensas Campesinas del Casanare, a cargo de Martín Llanos, por el control del corredor de cultivos de coca en el Guaviare, el Ariari y Guayabero, en límites con el río Meta, dejaba tantos muertos en un solo día, que era imposible contarlos.

Fue así como conoció a Héctor, uno de los militantes del Bloque Meta. En las pocas noches que lograron encontrarse, Leydi supo que él también era hijo del desplazamiento forzoso. Supo que 6 años atrás, a raíz de una emboscada de las Farc en la que murieron todos sus compañeros de trabajo, Héctor perdió la razón y decidió entrar a las filas de la ilegalidad. 

Reencuentro en la oscuridad

Entre Leydi y Héctor comenzó a tejerse una historia de amor que fue interrumpida cuando el Ejercito Nacional llegó a la zona, en el marco del Plan Patriota. Luego, mientras se desarrollaban las negociaciones de paz entre el Gobierno Nacional y el Bloque Centauros, Héctor fue uno de los miles de hombres que tuvieron que internarse en las profundidades de las montañas.

Durante muchos días Héctor y sus compañeros estuvieron ansiosos por regresar a la vida civil, por recuperar la tranquilidad, por vivir en paz; pero en la última operación, antes de la desmovilización colectiva de los 1.765 hombres de las AUC que dejaron las armas el 11 de abril de 2006, una mina antipersonal se le llevó los ojos.

“Con Leydi nos reencontramos ya oscuras –dice Héctor– A pesar de todo, volvimos a enamorarnos”. Y a pesar de todo, hoy por fin Héctor ha encontrado la felicidad.

La reintegración, esa compromiso del Estado colombiano con todos los desmovilizados para lograr la paz en Colombia, le permitió conseguir prótesis para sus ojos e iniciar un proceso de rehabilitación en Villavicencio, también ha podido capacitarse como guardabosques y trabajar durante un tiempo en un vivero de la alcaldía municipal.

La esperanza regresó a su vida gracias a su hija de un año de edad, una hija a la que puede ver únicamente con el corazón, una hija que le devolvió las ganas de tocar el arpa y explotar la tremenda habilidad que tiene para la música, una hija por la que está totalmente comprometido en la construcción de un futuro de paz, desarrollo y prosperidad para Colombia.

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