Guaranda, la ciudad de las siete colinas

Publicado: diciembre 26, 2010 en Viajar
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Volcán Chimborazo. Google images

(Archivo El Tiempo) Cientos de mujeres indígenas vestidas con chalinas de colores rojo, fucsia y limón, faldas largas de colores tristes y sombreros que semejan antiguas ollas de arcilla aparecen a las orillas de la carretera Panamericana, la misma que va desde Alaska (E.U.) hasta la Tierra del Fuego (Argentina).

Cada una de ellas es seguida por un grupo de niños que tienen la arriesgada tarea de lanzarse a los carros para conseguir algún centavo de dólar. Más allá de demostrar la pobreza que actualmente vive Ecuador, esa fila de mujeres y niños que se toman la vía desde la salida de Quito nos conduce al pasado, hacia una ciudad incrustada en la sierra, donde el tiempo es mágico y se convierte en un instante eterno.

Un poco antes de llegar a Guaranda -el bucólico poblado que descansa sobre las faldas de la cordillera occidental de los Andes- y después de dejar atrás dos bellezas naturales que parecían inigualables en esta travesía -el Cotopaxi y el Tunguragua, el volcán activo más alto del mundo-, el carro se detiene en un extenso valle de arena a los pies del Chimborazo, el volcán más alto del Ecuador (6.310 metros).

Allí el frío comienza a cubrir la tierra con su manto de tonos beige, amarillo y ocre. Mientras lo hace, los pensamientos se tapizan de melancolía y soledad, sentimientos que se unen al misterioso relato del guarandeño Jorge Taris Naranjo.

“Una vez -dijo el indígena- la neblina era tan intensa que un guarandeño tuvo que detener su carro y pasar la noche en este frío lugar. En la madrugada se le presentó una mujer desnuda que necesitaba que la acercara a Guaranda, la capital de la Provincia de Bolívar.

“Después de prestarle su chaqueta, su bufanda y un par de guantes, el hombre continuó la marcha. En la noche, cuando fue a la casa donde había dejado a la extraña mujer, la anciana que le abrió la puerta le contó que esa era su hija, pero que hacía tres años que ella había muerto .

Termina el relato y una hora de carretera nos separa de nuestro destino: la ciudad que fue conquistada por los Incas, comandados por Tupac-Yupanqui, el rincón bolivariense que aún hoy es considerado en Ecuador como el escenario de la libertad.

“Su importancia geopolítica quedó inmortalizada el 9 de noviembre de 1820, cuando allí se libró la batalla del Camino Real, el primer triunfo emancipador de los guayaquileños”, afirma Arturo Yumbay, el primer alcalde indígena que tiene este cantón.

Las siete colinas.

Guaranda, al primer contacto, es como todos los pueblos coloniales. El centro enmarcado por el parque principal está custodiado por la catedral, el palacio municipal, la corte suprema de justicia y la gobernación.

Desde allí emergen las calles angostas, a medio adoquinar y organizadas en forma de cuadrícula, que también son consideradas como el límite de varias fachadas de colores pálidos que recuerdan las casonas típicas del siglo antepasado.

Este escenario se adorna con el caminar pausado de las indígenas que, además de las chalinas, las faldas largas y los sombreros, utilizan una makala, tela fuerte que atan a su espalda y que les sirve para cargar a sus hijos o transportar pesados baldes de leche fresca.

Las aguerridas mujeres no solo se encargan de los quehaceres de la casa, la crianza de los hijos y las labores del campo. Después de recorrer el pueblo en escasos 20 minutos, muchas veces deben subir a pie hasta sus casas que rozan las cimas de alguna de las siete colinas que encierran a Guaranda.

Las lomas de la Cruz, Guaranga, San Jacinto, San Bartolo, Talalag, Tililag y El Calvario, alfombradas con vegetación paramuna, guardan tesoros como el Centro Cultural Indio Guaranga, una fortaleza incásica dominada por la estructura del cacique Guaranga, que se encuentra en la cima de la colina del mismo nombre.

El eterno instante.

La arquitectura detenida en el tiempo, sus habitantes -que en el 80 por ciento de los casos tienen rasgos indígenas y conservan el atuendo ancestral-, las tiendas donde se venden los famosos artículos elaborados en lana de llama, borrego y chivo, y los festines dominados por fuertes bebidas alcohólicas con jugos de frutas exóticas daban la sensación de estar pisando un terreno incrustado en el pasado.

Sin embargo, fue en Tingo -que en quichua significa unión de dos ríos- donde el tiempo se torno mágico. Después de media hora de caminata por un sendero que colinda con el río, llegamos a un extraño poblado donde las calles son de tierra boscosa y las casas parecen pequeños iglúes de paja. Uno de los guías confesó que durante algunas semanas había vivido en una de esas construcciones.

Aquello parecía lo más precolombino que íbamos a encontrar durante la travesía. Pero nuevamente las suposiciones nos engañaron. En los arenales, esa tierra custodiada por la mujer desnuda, un camino que serpentea por las faldas del Chimborazo nos condujo al nacimiento de una fuente de aguas termales que, paradójicamente, por la falta de infraestructura permite una compenetración primaria y exquisita con la naturaleza y sus elementos.

El poder curativo de estas aguas, que parecen ser un brazo del infierno, es ideal para realizar rituales de limpieza y purificación que los martes y viernes realizan los ancianos del poblado. Además, ejecutar el rito ancestral es imprescindible para entender por qué en Guaranda el pasado, el presente y el futuro se funden en un eterno instante.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-622683

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