Archivos para septiembre, 2011

Héroes de aguas oscuras

Publicado: septiembre 16, 2011 en Uncategorized

Durante la ola invernal, un escuadrón de 23 buzos del Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá realizó las más increíbles proezas en aguas negras, corrientosas y contaminadas para salvar vidas y proteger el patrimonio de los bogotanos.

Sin dudarlo dos veces, Édgar Rojas se puso el traje de neopreno, el tanque de oxígeno y un regulador. Así, aferrado a una cuerda, desciende por una de las alcantarillas que circundan el canal del Tintal III, en el suroccidente de la ciudad. En el drenaje, su misión es moverse a tientas e intentar lo imposible: bucear entre las aguas residuales, olorosas y putrefactas, para reparar una fisura en el tubo que amenaza con inundar cuatro barrios en la localidad de Bosa.

Rojas es uno de los 23 buzos que actualmente conforman el grupo de Búsqueda y Rescate Acuático del Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá, un colectivo que realiza las más complejas operaciones de salvamento en aguas negras para salvar vidas, buscar y rescatar cuerpos, y proteger el patrimonio de los bogotanos.

Con 70 años de historia, este grupo especial se ha consolidado como uno de los más avanzados en América Latina, por el profesionalismo de sus buzos, con más de diez años de experiencia y acreditados con los más altos estándares internacionales como el certificado Advance Scuba Diver.

Por eso, cuando Bogotá comenzó a sentir con rigor los estragos de la ola invernal fue este ‘escuadrón del invierno’ el que tuvo que ejecutar las más increíbles proezas. Una de ellas fue recuperar el cuerpo de un niño de once años que cayó al río Fucha, en la localidad de San Cristóbal Sur.

Desde el 19 de marzo y durante los once días siguientes, 12 buzos de rescate lo buscaron sin descanso, soportando no solo las inclemencias del clima y los olores nauseabundos, sino también la profunda tristeza de hacer el rescate de una vida que no se pudo salvar. Caminaron por el lecho del río registrando con sus escombreadoras cada centímetro del afluente, desde la carrera tercera hasta la avenida Ciudad de Cali, donde finalmente apareció el cuerpo del menor. 

Para aquel entonces el invierno no daba tregua. Las lluvias iban en aumento y no había río, humedal o quebrada que no estuviera a punto de desbordarse. En el río Bogotá, el aumento de las aguas y la contaminación debilitaron los jarillones, que comenzaban a romperse y tenían en riesgo de inundación a cinco localidades de la ciudad. Además, centenares de habitantes que viven en las faldas de los Cerros Orientales estaban expuestos a un alud, en cualquier momento.

Una parte del equipo de buzos fue encomendada a apoyar el reforzamiento del jarillón del río Bogotá, desde la calle 80 hasta Bosa. Todos los días, durante dos meses, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, los buzos de rescate al mando del teniente Rodolfo Barrera recorrían el río, una y otra vez, llevando bolsas de arena para hacer el taponamiento, en un trabajo conjunto con el Ejército Nacional y el Acueducto de Bogotá.

Los bomberos oficiales, a su vez, apoyaban la labor de los buzos haciendo recorridos diarios a las diferentes fuentes hídricas de la ciudad y monitoreando, con especial cuidado, los ríos Juan Amarillo, San Francisco, Fucha, Arzobispo y Tunjuelito. Así como los humedales la Conejera, Jaboque, Córdoba, de Techo y de la Vaca; y los canales Entre Ríos, San Francisco, las Delicias, el Chulo, las Mercedes y río Negro, para alertar a los organismos de socorro y a la ciudadanía.

Ángeles acuáticos

Así transcurrieron los días y las semanas… El 23 de abril parecía ser un día como los anteriores: grises, lluviosos y fríos, en los que no dan ganas de hacer nada, mucho menos navegar o zambullirse entre ríos de materia fecal. Pero ese día fue distinto.

Una tubería en la carrera 104ª bis con 60 sur se rompió y amenazaba con traer de regreso varias toneladas de aguas residuales, dejando a su paso pobreza y desolación para unas 8 mil familias que habitan en la alameda del río… pero los milagros siempre están ocurriendo.

A las 11 de la mañana, el buzo de rescate Édgar Rojas decide entrar a la cloaca, un desafío que exige superar el miedo a lo desconocido, a la claustrofobia y al frío, pues se trata de entrar a un espacio confinado, completamente oscuro, lleno de agua contaminada, donde ningún ser humano ha ingresado jamás.

“Mi escuela ha sido el río Bogotá, uno de los más contaminados del mundo”, dice Rojas. Cromo, plomo, mercurio y todo tipo de contaminantes viajan por su torrente, haciendo que solo los más osados se mojen con sus aguas. Él y los demás buzos de rescate saben de física y de química, saben también que al sumergirse en esas aguas podridas puede tener mareos y alucinaciones.

A pesar de todo esto, durante 18 minutos Rojas permanece dentro de la alcantarilla. Encuentra la fisura, instala una válvula, sella la tubería con bolsas de arena y vuelve a la tierra. Sus compañeros lo ayudan a descontaminar su cuerpo para evitar infecciones en la piel, gripas y hasta gastroenteritis. Y con valentía se prepara para el siguiente desafío.

Héroes de aguas oscuras

A medida que la temporada invernal alcanzaba su punto más crítico, los bogotanos se fueron acostumbrando a ver barrios destruidos, escuelas anegadas, residencias hundidas entre el agua… pero nadie nunca imaginó que las aguas enfurecidas del río Bogotá se desbordaran y en dos ocasiones cubrieran por completo el campus de la Universidad de La Sabana.

Para atender las espantosas inundaciones, el municipio de Chía pidió el apoyo de los buzos del Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá, para hacer el taponamiento del jarillon y para revisar dos cilindros de gas que, al parecer, quedaron cubiertos por las aguas.

Los buzos, como focas fluorescentes, nuevamente se aprestan a bajar sus balsas motorizadas y sus equipos de salvación cerca a una de las orillas del lago que cubre la universidad. Inflan los botes y preparan caretas, esnórqueles, aletas, chalecos de flotación, reguladores y tanques de oxígeno para realizar una inmersión en caso que alguna de las pipetas esté en riesgo de explosión.

La operación resulta fácil. Las pipetas están fuera de peligro y, por esta vez, no tienen que sumergirse en un mar de lixiviados… Sin embargo, todavía faltan varias semanas para que cesen las lluvias y las emergencias no dan tregua.

Durante la temporada invernal fueron 491 emergencias relacionados con fenómenos de remoción en masa, como deslizamientos y caídas de rocas y tierra; 419 servicios por inundaciones y 10 rescates de cuerpos en fuentes hídricas atendidos por el Cuerpo Oficial de Bomberos de Bogotá, sin contar cientos de talas de árboles y miles de controles de abejas. 

El clima cambia a principios de junio y estos 23 héroes de carne y hueso, que tienen la valentía para afrontar los más grandes riesgos sin esperar recompensa alguna, terminan así una de las temporadas más duras, pero más satisfactorias; pues, como verdaderos ángeles acuáticos salvaron muchas vidas y evitaron la miseria a millones de bogotanos.

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